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El mensaje de Pablo sobre la unidad de Dios

Evangelio de Hoy – Estudios Biblicos

Introducción

Pablo es un nombre de los más importantes de la historia del cristianismo. Él fue descrito como un personaje singular y de fe inquebrantable. Algunos de sus biógrafos comentan que él llegó a ser considerado un hombre de temperamento exaltado e insalubre, rayando la locura mística. Todavía, Pablo entró en la historia justamente por la salubridad y lucidez de sus palabras. Escritor apasionado e incansable, se atribuye a él la redacción del conjunto de textos luego conocido como Epístolas Paulinas.

En El Evangelio de Hoy, traemos un estudio bíblico sobre uno de los escritos más emblemáticos de Pablo, a saber: su mensaje a los efesios sobre la unidad de Dios.

Pablo, que antes era Saulo

Nacido en Tarso de Cilicia (actual Turquía), Pablo venía de una familia judía de la tribu de Benjamín. Había sido educado conforme la doctrina teológica de los fariseos y era conocido por su nombre judío Saulo, aunque también tenía ciudadanía y nombre romanos.

Mientras se presentaba bajo el nombre hebreo Saulo, él dedicó sus días a perseguir los cristianos. Así leemos en los Hechos de los Apóstoles: «Perseguí de muerte este camino, con la intención de lanzar en la cárcel hombres y mujeres» (Hechos 22:4). En su carta a los Gálatas, Pablo mismo recuerda: «Escuchaste ciertamente de mi conducta en lo judaísmo, de cómo perseguía y devastaba la Iglesia de Dios.» (Gálatas 1:13).

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Su conversión al cristianismo se llevó a cabo en un encuentro con el propio Cristo. Otra vez en los Hechos, encontramos un relato que dice: «Estando él en viaje y acercándose de Damasco, una luz súbita que venía del cielo lo envolvió. Cayendo por tierra, escuchó una voz que le decía: ¿Saulo, Saulo, por qué me persigues?’. Él preguntó: ¿Quién es, Señor? Y la respuesta: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero, levántate y entra en la ciudad y te dirán lo que hacer.» (Hechos 9:3-6).

En otra parte del mismo escrito a los Gálatas, Pablo explica que «Con efecto, yo os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es según el hombre, pues yo no lo recibí ni lo aprendí de ningún hombre, pero por revelación de Jesús Cristo» (Gálatas 1:12). En la Epístola a los Efesios, él aún señala que «Por revelación me fue dado a conocer el misterio, como atrás los expuse sumariamente: leyéndome podéis comprender la percepción que tengo del Misterio de Cristo.» (Efesios, 3:2-3).

Después de la revelación de Cristo, Pablo, que antes era Saulo, adoptó su nombre romano y dedicó el resto de su vida a diseminar la enseñanza cristiana y la palabra de Dios. A partir de esta ruta embrollada, todavía bendita, nació la inspiración su obra escrita que compone una de las más ricas fuentes del cristianismo. Es precisamente esta obra que vamos a abordar a seguir.

Los escritos de Pablo

Los escritos de Pablo son conocidos como las “Epístolas Paulinas”. Las epístolas no son más que cartas formales enviadas a instituciones o personas. Los contenidos no son todavía burocráticos, ni tampoco políticos, teológicos o proféticos. En realidad, Pablo escribe explícita y directamente para los cristianos, desde la perspectiva de alguien dispuesto a ofrecer respuestas sencillas a situaciones muy concretas.

Las Epístolas Paulinas son compuestas por catorce cartas. Las nueve primeras, son dirigidas a las Iglesias de Dios en diferentes partes del mundo. Pablo envía una carta a la Iglesia de Roma, dos a la de Corinto, una a la de Galacia, una a la de Éfeso, una a la de Filipos, una a la de Colosas y otras dos a la de Tesalónica. Además, encontramos aún un mensaje enviado para los hebreos cristianos y cuatro cartas dirigidas a tres evangelistas: dos para Timoteo, una para Tito y otra para Filemón.

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Hay una gran disputa entre los estudiosos e historiógrafos del cristianismo sobre la autenticidad de los escritos de Pablo. La gran mayoría de los investigadores está de acuerdo con la legitimidad de casi todas las cartas a las Iglesias, con excepción de aquella a los colosenses y del segundo mensaje a los tesalonicenses.

Prácticamente todos los eruditos sospechan de la autoria de las epístolas a los efesios y a Tito, bien como de las dos cartas a Timoteo. El mensaje a los hebreos, que no tiene firma en ningún de los manuscritos disponibles, solo es considerada como un documento paulino por el estilo, el tema y la fecha aproximada, pero queda anónima e incierta desde siempre.

De cualquier manera, para nosotros no importa tanto cual son las cartas originalmente escritas por Pablo, pero el facto de que la palabra cristiana se encuentra allí en su manifestación más puro.

La Epístola a los Efesios

Aunque tengamos dudas sobre la autenticidad de la carta a la Iglesia de Éfeso, ella empieza como todas las otras, trayendo como remitente el nombre de Pablo, el apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios.

Desde el punto de vista de la interpretación bíblica, es posible dividir la Epístola a los Efesios en dos grandes partes. La primera comprende los tres primeros capítulos y discurre sobre la misión de la Iglesia. La segunda, consiste en una exhortación a los cristianos y ocupa los capítulos cuatro, cinco y seis.
En la primera parte, Pablo explica el plan divino de la salvación, resaltando que Dios nos hizo para que seamos santos e irreprensibles delante de Él y en Su amor.

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Además, él clama por el triunfo de Cristo y propone una reconciliación definitiva entre los judíos y gentiles, tanto entre sí cuanto ante Dios. Por fin, Pablo se presenta como el ministro de Cristo y apóstol de los gentiles, enseñando una oración que exclama: “¡Para aquél cuyo poder, actuando en nosotros, es capaz de hacer más allá, infinitamente allá de todo lo que nosotros podemos pedir o concebir, a él sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, por todas las generaciones de los siglos de los siglos! Amén.” (Efesios 3:20-21).

Ya en la segunda parte de la epístola, Pablo exhorta los cristianos a vivir conforme su vocación en Cristo y para el Cristo. Para esto, él indica el camino de la humildad e de la mansedumbre. Él aún llama atención para el amor y la paz que conservan la unidad del Espíritu. Este es precisamente el momento en lo cual Pablo introduce la cuestión de la unidad de Dios. Y este el próximo tópico de nuestro estudio bíblico.

La unidad de Dios

En el cuarto capítulo, Pablo escribe: «Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así cómo es una sola la esperanza de la vocación a que habéis sido llamados. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; hay un solo Dios y Padre de todos, que está encima de todos, por medio de todos y en todos.» (Efesios 4:4-6). Ahora bien, ¿qué quiere decir esto de afirmar que hay un solo Dios?

Acerca Luís de Vera Cruz

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Investigador dedicado al estudio de la hermenéutica bíblica, de la filosofía medieval cristiana y de la religión comparativa. Tiene interés por la historia antigua y las lenguas arcaicas.

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