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El que a hierro mata

El evangelio de hoy

Las sociedades primitivas de miles de años atrás tomaban la justicia por sus propias manos y de manera desmedida. El ofendido o perjudicado se sentía con derecho de castigar al agresor desproporcionadamente. Así, a una persona que hubiese sido víctima de una ofensa moral, por ejemplo, le era lícito  tomar una venganza sin límite contra el ofensor: destruyéndole su morada, mutilando un miembro de su cuerpo, arrancándole la vida, atacando a sus hijos, etc.

Es decir, no había correspondencia entre el delito y la “justicia” implementada. Más tarde apareció la Ley del Talión que muchos la conocen por su popular sentencia de “ojo por ojo y diente por diente”. El fin de esta ley era crear una proporcionalidad entre el daño y el castigo, y la mayoría de las comunidades de la antigüedad se acogió a ella.

Talión, de las palabras latinas talis o tale, significa idéntico o semejante. La famosa ley consistía en una norma que ajustaba cuentas al causante del perjuicio imponiéndole una pena idéntica, entiéndase no equivalente, sino idéntica o semejante al daño causado a la víctima; y aunque hoy la califiquemos de barbarie, a tenor del equilibrio de las leyes modernas en las sociedades democráticas, fue mucho más justa que la citada justicia aplicada por las sociedades más primitivas.

En el Viejo Testamento se recogen pasajes de ambas, de la aplicación de las leyes en la sociedad primitiva y de la Ley del Talión.

Génesis 9:6 El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.

A pesar de lo impresionante que resulta el derramamiento de sangre para las naciones civilizadas de hoy, se justifica este acto tan primitivo si nos situamos en tiempo y lugar de los hechos históricos, puesto que de alguna manera había que detener la violencia y los excesos de la época, y  de saberse que un crimen de cualquier magnitud que fuese no quedaría sin castigo, y que dicho castigo sería bien severo, sólo así se pudo detenerse tantos desmanes.

Pero sabemos que de ningún modo existió un equilibrio en esta ley, puesto que si alguien hería a otro haciéndole derramar su sangre, y aunque que tal vez no muriera, el otro o un familiar suyo le podía causar al agresor un castigo tan grande como la misma muerte, por cuanto la mencionada ley no especificaba la norma adecuada para implementar la justicia, que generalmente consistía en una venganza.

Por fin llegó a estos pueblos la Ley del Talión

Éxodo 21:23-25

“…Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida,  24 ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, 25 quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe…”

Aunque nos parezca horrible, no cabe duda que la ley fue justa en su momento, pero todavía existían ciertas incongruencias con respecto a delitos cuyos castigos parecían no ser bien normados; por ejemplo, si un manco provocaba que otro perdiera un brazo, no se le iba a cortar al manco su único brazo para quedarse sin ninguno.

En la medida que los pueblos fueron alcanzando mayor civilización nuevas normas fueron apareciendo, y ya del Nuevo Testamento aprendimos esto, como rechazo total a la Ley del Talión:

Mateo 5:38-48

“…Oísteis que fue dicho a los antiguos: Ojo por ojo, y diente por diente. 39 Mas yo os digo: No resistáis al mal; antes a cualquiera que te hiriere en tu mejilla diestra, vuélvele también la otra; 40 Y al que quisiere ponerte a pleito y tomarte tu ropa, déjale también la capa; 41 Y a cualquiera que te cargare por una milla, ve con él dos. 42 Al que te pidiere, dale; y al que quisiere tomar de ti prestado, no se lo rehúses. 43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44 Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos: que hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos. 46 Porque si amareis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? 47 Y si abrazareis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los Gentiles? 48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto…”

En estos versos del Sermón del Monte Jesús nos da la pauta de comportamiento a seguir, no sólo con aquellos que se encuentra circunscrito en el hábitat de los buenos amigos, sino con los que están afuera, más distantes, y aun más… con los que nos consideran sus enemigos. ¿Parece difícil? Ciertamente lo es, pero es lo que el Señor demanda de cada uno de sus seguidores.

CONCLUSIÓN

¿Y cómo poder concebir el bien para los que me desean el mal?

Me es difícil responderle esta pregunta sin tener que apelar a la hipocresía. Por tanto sólo puedo decirle lo que yo hago: en vez de responder, me pregunto: ¿Y que haría Cristo ante esta situación? Si le conozco sé lo que haría, entonces esto me lleva a la siguiente disyuntiva: ¿lo sigo o no? Luego me siento feliz porque sé que no he sido yo, sino Cristo en mí.

Es triste ver cómo en muchas llamadas “civilizaciones” de hoy día, de izquierda y de derecha, se aplican leyes tan crueles con sus propios ciudadanos que  sobrepasan la Ley del Talión para remontarse a la barbarie de las sociedades primitivas. No podemos pasar por alto en este sermón los salvajes actos de decapitación practicados estos últimos días por militantes del estado terrorista Isis contra periodistas inocentes,  con el fin de diseminar la estrategia del terror  por todo el mundo.

Mateo 7:2  Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.

El que a hierro mata es diseñador de su propia muerte. Ha elegido no morir a sombrerazos.

© Antonio Fernández. Todos los derechos reservados.

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Acerca Antonio J. Fernández

Antonio J. Fernández
Mi nombre es Antonio Fernandez, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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