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No debemos juzgar al otro

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Introducción

Juzgar es una acción muchas veces automática e imperceptible. Juzgamos sin pensar. Juzgamos sin darnos cuenta que estamos juzgando. Pero, ¿por qué juzgamos todavía? ¿Qué implica el acto de juzgar? ¿Qué dice la Biblia sobre pronunciar un juicio contra alguien?

No podemos nos olvidar de la palabra que leemos en las escrituras sagradas: “No juzguéis, para que no seas juzgado.” (Mateo 7:1). No juzgar es una de las premisas más fundamentales del cristianismo. Por este motivo, en el Evangelio de Hoy, traemos este mensaje: ¡no debemos juzgar al otro!

El juicio es egoísta

En el Evangelio de Mateo, leemos: “No juzguéis, para que no seas juzgado.” (Mateo 7:1). Las palabras de Mateo prosiguen diciendo: “Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.” (Mateo 7:2). ¿Por qué dice esto?

Si pensamos un poco, hay todavía muchos motivos por los cuales juzgamos a alguien. Por ejemplo: juzgamos cuando creemos que el otro hace algo errado. Tambien juzgamos cuando tenemos miedo de que el otro haga algo mal; juzgamos cuando nos sentimos víctimas de injusticia; juzgamos cuando algo nos ofende; etc.

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Desde esta reflexión, podríamos también cuestionar: ¿qué medida utilizamos para definir lo que es cierto y lo que es errado cuando juzgamos a alguien? ¿Qué autoridad tenemos para apuntar el mal hecho del otro? ¿Por qué creemos que sufrimos una injusticia? ¿Por qué sentimos que fuimos ofendidos?

El primer y mayor problema de juzgar a alguien, ya podemos percibir desde estos cuestionamientos, es que juzgar es un acto todavía egoísta. Es decir, cuando juzgamos a alguien, aparece más nuestro incómodo que cualquier mal hecho del otro. El juicio que hacemos es, antes de todo, una expresión demasiado fuerte de nuestro “yo”, en detrimento de cualquier “nosotros”.

Entonces, cuando leemos en Mateo que no debemos juzgar porque seremos juzgados en la misma medida, podemos comprender que esto no es tanto porque hay algo como una justicia punitiva de Dios. No hay en la enseñanza cristiana una ley del retorno, como aquella que el hinduismo llama de karma. Antes, no debemos juzgar simplemente porque aquél que juzga implica en su juicio más de sí que del otro. Al final de cuentas, el juez auto proclamado e indiscriminado no es más que un egoísta puro y simples.

Mensajes Cristianos – El verdadero cristiano no juzga

¿Qué debemos hacer cuando encontramos alguien a punto de hacer algo mal, sea para sí, sea para los otros? ¿Cómo podemos intervenir ante las injusticias del mundo? ¿Qué hacemos cuando nos deparamos con alguien lejos del camino de Dios?

Encontramos la respuesta en la Epístola de Pablo a la Iglesia de Dios en Roma: “En cuanto al que es débil en la fe, dale la bienvenida, pero no a pelearse por las opiniones.” (Romanos 14:1). Allí también leemos el pasaje que dice: “Que el que come no desprecie al que se abstiene, y que el que se abstiene no juzgue al que come, porque Dios lo ha recibido.” (Romanos 14:3).

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Sin embargo, ¿si Dios recibe a todos, por qué deberíamos ejercer nuestro juicio? Más adelante en la misma carta, Pablo pregunta precisamente la misma cosa. Él cuestiona: “¿Quién eres tú, para juzgar al siervo de otro?” (Romanos 14:4).

Otra vez, nos encontramos con el egoísmo. Todavía ahora un egoísmo aún peor que el “pensar sólo en sí mismo”. Encontramos un egoísmo de naturaleza vanidosa, que piensa que es mayor que Dios. Por esta razón muy sencilla, el verdadero cristiano no juzga.

El que juzga está condenado

Hemos dicho que el que juzga es sobre todo el egoísta. Además, desde la Epístola a los Romanos, aprendimos que este egoísmo puede ser aún peor, es decir, puede consistir en pura vanidad.

Aún en los romanos, leemos: “Por lo tanto, no tienen excusa, oh hombre, cada uno de ustedes que juzgan. Porque al juzgar al otro, te condenas, porque tú, el juez, hace las mismas cosas.” (Romanos 2:1). Ahora bien, ¿por qué el que juzga a otro es condenado?

Si el que juzga piensa que es mayor que dios, él se encuentra en el mismo camino del ángel que creyó él mismo ser mayor que Dios. Estamos hablando aquí del ángel portador de la luz, también conocido como Lucifer.

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Nosotros conocemos la historia de Lucifer. Fue expulsado del cielo por su vanidad.

Así leemos en Isaías: “¡Cómo caíste del cielo, oh Lucifer, hijo de la mañana! Cortado fuiste por la tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: subiré al cielo; en lo alto, arriba las estrellas de Dios levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte;” (Isaías 14:12-14).

Queda muy claro aquí que la caída de Lucifer se dio porque él intentó colocar su trono por encima de las estrellas de Dios. Él estaba movido por el reconocimiento vanidoso de su origen: el más brillante de los ángeles, el hijo de la mañana. Él juzgó ser mayor que Dios y por esto fue condenado.

No debemos juzgar al otro

Este es el mensaje del Evangelio de hoy: ¡no debemos juzgar! El que juzga es todavía un egoísta. El camino del egoísmo es también el camino de la vanidad. La vanidad fue lo que hizo que un ángel cayera y quemara sus alas.

Un verdadero cristiano nunca juzga, porque sabe que solamente Dios tiene el poder para juzgar.  Además, sabe aún que, al fin de todo, el Señor los recibe siempre de brazos abiertos aquellos que en Él cultivan la fe y la esperanza.

Mensajes Cristianos Redactado por: Luis de Vera Cruz para El Evangelio de Hoy

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