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Mensaje para los que están de luto

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Mensajes cristianos.. Lectura bíblica: Mateo 5:4

 Introducción

El luto es un momento muy difícil para todos. Aun así, es un momento en lo cual se acerca un poco más de Dios.

A pesar de la tristeza, de echar de menos alguien que se fue, quien enfrenta el luto se dirige hacia una introspección de sí mismo y, ante la muerte, se pone a pensar sobre la vida. Quien llora por un ser querido que se fue, piensa sobre lo que ya hice y sobre el tiempo aún tiene hasta que Dios le llame.

Mientras tanto, hay reacciones diversas al luto. Algunas personas se quedan muy deprimidas y melancólicas. Otras, se ponen histéricas. Hay aún las que se rebelan y preguntan: “¿Por qué? ¿Por qué Dios hice esto?”

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Con las primeras, tenemos que tener mucha atención y cuidado, porque pueden se quedar muy gravemente enfermas. Con las otras, tenemos que tener mucha paciencia, porque no se puede hacer poco caso del sufrimiento, ni despreciar el dolor del otro. Ya con las últimas, que muchas veces tienen su fe sacudida y empiezan a dudar de los designios de Dios, tenemos que ayudar a recuperar la fe y recordar que la muerte no es un castigo, pero un retorno hacia la eternidad divina.

En El Evangelio de Hoy, enviamos un mensaje para los que están llorando ante un luto. Un mensaje para que tengan fuerza y fe.

La bienaventuranza del luto

Leemos en Mateo: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.” (Mateo 5:4). Los que lloran son los que están en desaliento, o en luto. La expresión griega original del Evangelio, oi penthountes, indica precisamente esto y deriva directamente del término penthein, que significa “se enlutar”.

Ahora bien, ¿por qué son bienaventurados los que lloran en luto?

La respuesta está en la sentencia misma que leemos. Los que lloran recibirán consolación.

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Y ¿qué es la consolación?

Esto, leemos en Isaías: “Yo, yo soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú, para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo del hombre, que es como heno?” (Isaías 51:12). Luego después, leemos también: “Y ya te has olvidado de Jehová tu Hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra; y todo el día temiste continuamente del furor del que aflige, cuando se disponía para destruir. ¿Pero en dónde está el furor del que aflige?” (Isaías 51:13).

Los bienaventurados son aquellos que caminan junto con el Creador. Los bienaventurados no olvidan el Creador. Por tanto, cuando encontramos el dolor, cuando enfrentamos el luto, cuando lloramos, tenemos que recordar que hay todavía una consolación. Y tenemos que recordar que la consolación solo puede venir desde aquél que consola: vuestro consolador, Jehová tu Hacedor. Los que nos se olvidan de esto y mantienen la consolación de Dios en sus mentes y en sus corazones, estos son los bienaventurados.

La muerte es el retorno hacia Dios

El tema de la muerte aparece muchas veces en la Biblia. Un pasaje muy famoso es lo que encontramos en el Génesis, donde leemos: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” (Génesis 3:19).

También conocemos un verso similar, en el libro del Eclesiastés, que dice: “y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.” (Eclesiastés 12:7).

Esto se explica un poco mejor cuando Pablo escribe a los Romanos y dice: “Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos.” (Romanos 14:8).

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Volver al polvo donde fuimos creados es regresar al Creador, es decir, unirse a Dios. En última instancia, la muerte no es un castigo, pero la unión con Dios.

El cuerpo es finito, pero el alma es eterna

Encontramos en el Evangelio de Juan la palabra divina de Jesús que dice: “Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Juan 11:26). Todavía ¿cómo creer?

La resurrección es la marca del Cristo. Pero, por supuesto que Jesús no nos dice que levantará los muertos en el mundo de los vivos, como en una película de muertos-vivos. Él dice que llevará, los que creen de verdad en Él, hasta un sitio donde no se muere, es decir, un sitio donde no hay diferencia entre la vida y la muerte.

Ya sabemos: solamente en la eternidad no hay finitud. Sin embargo, el finito solo se puede conocer desde dos perspectivas: o bien en el encuentro con la muerte, o en el momento que uno se mide con el eterno. En este sentido, el encuentro con la muerte y la medida con el eterno son lo mismo.

Ante el cuerpo finito ya muerto, miramos el alma, que es eterno, y la infinitud de Dios. Por esta razón, no debemos temer la muerte. Debemos, esto sí, temer a Dios. Porque solamente con el temor a Dios podemos encontrar la palabra más importante. Esta palabra es aquella que nos trae la consolación de Dios ante el luto. Esta palabra es también la que nos hace bienaventurados cuando lloramos. Esta palabra dice: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estarás conmigo; Tu vara y Tu cayado me infundirán aliento.” (Salmos 23:4).

Bienaventurados sean los que lloran porque están de luto. Bienaventurados porque ante la finitud de la vida se encuentran con la fe en la eternidad infinita de Dios. Qué Dios les conforte y les dé fuerza.

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