Bosquejos Biblicos - La sanidad del cojo

El hijo derrochador y el padre amoroso

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Mensajes Cristianos Texto Biblico: Lucas 15: 11-24

Introducción:

Jesús quiere revelarnos cómo es Dios; pero es un misterio incomprensible para nosotros. Jesús quisiera hablarnos de la belleza infinita, de su sabiduría omnisciente y de su amor sin límites. Pero como sucede con las cosas que son incomprensibles para nuestra pequeña mente, sólo podemos vislumbrar ese misterio con una comparación que sí puede estar a nuestro alcance. Por eso se le ocurre esta parábola.

Así que nos cuenta sobre un hijo pide su herencia, cuando el Padre aún está con vida, lo cual ya es una infamia. Ese hijo se propone darse la gran vida, a costa de los bienes de su Padre. No quiere hacer un negocio, no quiere hacer algo positivo con esos bienes. Sólo quiere alejarse de casa, principalmente porque lo que desea sólo lo puede hacer lejos de su padre. Por eso se fue lejos a una provincia apartada (Lucas 15:13).

Cada mañana despertamos cubiertos de las riquezas de Dios, las damos por sentadas, ni siquiera cuestionamos por qué tenemos un nuevo día, el sol que nos da calor, por qué podemos respirar y llenar nuestros pulmones de aire, por qué tenemos la capacidad de pensar, de razonar, de amar, no nos cuestionamos por qué somos libres.

Todo eso es un gran tesoro y por ser cotidiano, ya no lo valoramos. Pareciera que sólo somos capaces de extrañar los tesoros de Dios, pero no de valorarlos cuando los tenemos.

El joven del evangelio

El joven del evangelio estaba también muy acostumbrado a ver toda esa riqueza, al grado de que pensó que podría seguir siendo rico lejos de su padre; por eso decidió pedir a su Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde (Lucas 15:12) “su parte”, porque sabe que su Padre lo ama y no le negará nada y sabe que es libre (que también es un regalo del Padre).

Y sucedió lo que el Padre temía: su hijo se fue lejos, y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente (Lucas 15:13), hasta que los derrochó todos y se quedó vacío, completamente pobre en una provincia apartada, sin nada qué comer y al servicio de uno de los ciudadanos de ese lugar alejado de su Padre, cuidando cerdos y deseando suplir los manjares de la casa del Padre con la comida de los cerdos, pero ni siquiera eso podía hacer.

Y es que cuando derrochamos los regalos de Dios: la inteligencia, la libertad, el amor para alejarnos del Padre, nos quedamos vacíos, pobres y hambrientos. Cuando usamos la inteligencia para la venganza, para el odio, para los vicios, nos quedamos vacíos.

Cuando usamos la libertad para tomar malas decisiones y dejamos que las pasiones carnales nos guíen, cuando hacemos mal uso de la sexualidad, cuando llenamos nuestra cabeza de pornografía… En lugar de ser libres, nos esclavizamos y quedamos al servicio de los cerdos y nada puede saciar nuestra hambre. Porque, aunque de momento estemos lejos, sabemos que pertenecemos a la casa del Padre.

No sabemos cómo es Dios, no lo conocemos.

Pero Jesús sí lo conoce y nos quiere revelar cómo es Dios y lo primero que nos dice: Dios es Padre. Y como un padre, todos los días se asoma por la ventana esperando ver entre la multitud a su hijo regresando, y entre el tumulto de gente ese padre se imagina a su hijo de vuelta a su casa. Por eso, cuando el hijo, después de derrochar toda su riqueza, decide regresar, el Padre ya lo espera y lo ve desde lejos y corre hacia él.

Por eso, cuando lo tiene enfrente, sin decir palabra ni reclamo, se le echa al cuello y lo abraza, cuando todavía está sucio y andrajoso, y llora de felicidad porque su hijo querido ha vuelto. Sí, ha vuelto arruinado, oliendo a pocilga, descalzo, con su túnica hecha jirones… Ni siquiera le permite terminar esa frase que el joven ensayó estando entre los cerdos.

En cambio, le pide a sus sirvientes que le devuelvan su dignidad de hijo: Le pone una túnica nueva y limpia, para que pueda sentirse nuevamente rico, le da un nuevo anillo, símbolo de su pertenencia a la casa del Padre y en lugar de ponerle cadenas en sus pies para que no vuelva a alejarse, le pone sandalias nuevas en sus pies, para que pueda andar otra vez libremente.

Somos débiles e imperfectos

Somos débiles, imperfectos y a veces tomamos la mala decisión de derrochar los tesoros que nos ha regalado Dios; pero sabemos, por la palabra de Jesús, que Dios es Padre, que se compadece de sus hijos, que perdona y siempre nos va a recibir con los brazos abiertos. Cuando nos alejamos del Padre, sólo tenemos que tomar la firme decisión de alejarnos de aquellos vicios que nos empobrecen y nos vacían; sólo tenemos que levantarnos y acercarnos a Dios y decirle decidida y humildemente: Padre, he pecado (Lucas 15: 18).

Conclusión

Muchas veces nos comportamos como ese hijo derrochador que se aleja y desperdicia sus riquezas haciendo el mal. Si tenemos la desgracia de apartarnos del Padre amoroso, Jesús hoy nos dice: Levántate, acércate, ten confianza, Dios no es justiciero y legalista. Dios no nos trata como merecen nuestros pecados; Dios es Padre y nadie te amará como Él. Sólo Él te esperará siempre para abrazarse con alegría a tu cuello, porque hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente (Lucas 15:10).

© Miguel Ángel Robles. Todos los derechos reservados.

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