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¿Por qué vivir?

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Palabra de Dios.. Introducción

¿Por qué vivir? Esta es quizás una de las preguntas más radicales que uno puede ponerse. También es una pregunta inevitable todavía. Cuestionar la razón de vivir es una condición existencial intrínseca al ser humano. Prácticamente todas las personas, aunque solo por un ligero y puntual momento de sus vidas, formulan esta cuestión: ¿por qué vivir?

La reflexión que El Evangelio de Hoy ofrece aquí lleva a cabo la interrogación de los porqués de la vida. Además, aún propone una respuesta muy sencilla para la pregunta, desde el punto de vista de la palabra de Dios.

Entonces, si enfrentas la angustia de la inquietud de nuestra efímera existencia en la Tierra, camina desde ya con nosotros y no te olvidas de la palabra: “Todo lo que suplicáis y pidáis, creed que ya lo recibiste, y así será para vosotros.” (Marcos 11:24).

¿Por qué planteamos esta pregunta?

La sabiduría atribuida a David, reunida en el libro de los Salmos, nos alerta que: “Jehová cumplirá su propósito en mí; Tu misericordia, oh Jehová, es para siempre; No desampares la obra de tus manos”. (Salmos 138:8). Esto puede llevarnos a pensar que la pregunta por el propósito de la vida es un infortunio. Incluso, que un creyente verdadero no se pone este tipo de indagación porque sabe que Dios no abandona la obra de Tus manos.

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Todavía, en el mensaje enviado a los Romanos, Pablo escribe: “Y no os conforméis con este mundo, sino transformaos, renovando vuestra mente, para poder discernir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto.” (Romanos 12:2). Esta es la real respuesta de los creyentes que encontramos en la Biblia sobre el cultivo espiritual de la existencia.

Para llegar más cerca de la palabra de Dios, tenemos que reunir el poder del discernimiento mediante la renovación del ejercicio del pensar.

También encontramos una apología al discernimiento en la primera carta a los Tesalonicenses: “No extinguen al Espíritu, no desprecien las profecías. Discierne todo y queda con lo que es bueno.” (1 Tesalonicenses 5:19-21). Y otra aún más fuerte en la carta a los Filipenses: “Finalmente, hermanos, pensad en todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, honroso, virtuoso o que es digno de la alabanza.” (Filipenses 4:8).

Lo que aparece en estos extractos es una advertencia. Pensar, cuestionar, preguntar, son actividades para alcanzar el correcto discernimiento, por lo cual uno conoce la palabra de Dios.

¿Cómo planteamos esta pregunta?

La clave del discernimiento cristiano es situar la duda en el lugar apropiado. Siempre debemos pensar y dudar de todo lo que es digno de la alabanza. ¿Y qué sería más digno de alabanza que la vida que Dios nos dio?

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No obstante, el error en que no podemos incurrir es dudar de la palabra de Dios. Esto es lo que nos trae el libro de Santiago: “Si alguien sufre por falta de sabiduría, pídala a Dios, que la concede generosamente a todos sin recriminaciones, y se le dará siempre que pida con fe, pero sin dudar, porque aquél que duda es semejante a las olas del mar, impelidas y agitadas con el viento. No piense tal persona que recibirá algo del Señor, mientras quédate dudo e inconstante en todo lo que hace.” (Santiago 1:6).

En palabras más sencillas, esto quiere decir: de la sabiduría de Dios nunca podemos dudar; salvo esto, debemos mantener nuestras cuestiones, sobre todo con la pregunta: ¿por qué vivir? Esto no implica dudar de creación, pero sitúa correctamente el “cómo preguntar”.

Vivimos porque fuimos creados, pero ¿por qué fuimos creados?

Antes de intentar responder la pregunta “¿por qué vivir?”, tenemos que retroceder un poco más y preguntar: ¿por qué fuimos creados? O mejor dicho: ¿por qué Dios nos dio la vida?

Sería un absurdo concebir que Dios creó los seres humanos porque deseaba o necesitaba crear. Siendo Dios todas las cosas, no puede tener ningún tipo de deseo o necesidad. Solo desea y necesita algo el que tiene una falta. Todavía, a Dios no falta nada.

Con esto, solo podemos asumir que la respuesta de la pregunta reside en la pregunta misma.  Dios creó porque creó. Esto ya basta todavía.

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No se puede encontrar una razón en el acto de Dios que esté fuera de Dios mismo. El propósito de la creación no puede estar fuera de la propia creación. Otra vez, porque fuera de Dios no hay nada.
Dios nos dio la vida porque nos dio la vida. Ahora bien, ¿qué hacemos con esto?

Yo vivo porque vivo

Si queremos estar lo más cerca posible de Dios, debemos acercarnos a Su palabra. En el Evangelio de Juan, leemos: “En el principio era la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios.” (Juan 1:1).

Así como el acto de crear, cuyo porqué reside en el propio acto, la palabra de Dios no se encuentra fuera de Dios. Por esto Juan escribe que la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. Podríamos añadir: la Palabra estaba con Dios porque la Palabra era Dios, o aún, porque la Palabra y Dios son lo mismo.

Para correctamente discernir la palabra de Dios, tenemos que asumir la Palabra por la Palabra, sin un porqué exterior que justifique lo que sea que queramos justificar. Y esta es la hora de poner otra vez nuestra interrogación. Al final de cuentas, ¿por qué vivir? Igualmente, la respuesta no puede ser distinta de la Palabra creadora de Dios. Si Dios creo porque creo, yo vivo porque vivo.

Redactado por: Luis de Vera Cruz para El Evangelio de Hoy.

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