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Mansedumbre y sufrimiento

Evangelio de Hoy… Reflexiones Cristianas

Introducción

Dice Jesús: “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.” (Mateo 5:5). ¿Por qué dice esto Cristo? 

La doctrina de la mansedumbre es muy poco discutida. La mayoría de las personas cree que ser manso tiene que ver solamente con ser blando, dulce, o afable. Hay gente que comprende la mansedumbre como tolerancia, transigencia, o mismo sumisión. Mientras tanto, ninguna de estas definiciones parece suficiente para que Jesús anuncie que los mansos recibirán la tierra por heredad. En el Evangelio de hoy, reflexionaremos sobre la mansedumbre, aclarando aún cual su relación con el sufrimiento de Cristo.

La heredad de la tierra

En primero lugar, pensemos que quiere decir que “los mansos recibirán la tierra por heredad”. ¿Quién recibe algo por heredad? Desde hace mucho tiempo, en la gran mayoría de las culturas, se ha convenido que los hijos son los que primero tienen derecho a cualquier herencia que deje un hombre o una mujer.

Por supuesto, hay diferencias sutiles entre los más variados sistemas jurídicos. Todavía, entre los cristianos, esta es una materia sobre la cual no hay discusión. Con esto, podemos concluir desde ya que si los mansos reciben la tierra por heredad es porque son reconocidos como hijos.

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Ahora bien, ¿hijos de quién? Supuestamente, de aquello que es el propietario de la tierra. Este, sabemos que es Uno, y solamente Uno. En la epístola a los Colosenses, leemos: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.” (Colosenses 3:24-25). La herencia que nos llega viene del Señor. Con esto aclarado, debemos ahora pensar porque la mansedumbre es lo que nos hace hijos de Dios.

El sufrimiento del hijo de Dios

Conocemos bien el curso del hijo de Dios sobre la tierra. Después de hace todo que hice, el hijo de Dios sufrió. Además de ser perseguido por el Imperio Romano, Él terminó su vida terrena en sufrimiento extremo.

En el Evangelio de Lucas, leemos:

Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús. Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará? Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos. Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.” (Lucas 23:27-34).

Jesús Cristo era manso

Es muy importante poner el relieve el hecho de que, aunque sufriendo, Jesús trató de apaciguar a los corazones de los que lamentaban. Aunque sufriendo, Cristo pide a Dios para perdonar los ejecutores de su sentencia. ¿Por qué hacía esto? Jesús Cristo hacía eso porque era manso. Mismo ante el mayor dolor posible y el mayor sufrimiento posible, aún así, era manso.

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Ya crucificado, escuchó de los hombres las cosas más brutales. Escribe Lucas: “Y el pueblo estaba mirando; y aun los gobernantes se burlaban de él, diciendo: A otros salvó; sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo, el escogido de Dios. Los soldados también le escarnecían, acercándose y presentándole vinagre, y diciendo: Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Había también sobre él un título escrito con letras griegas, latinas y hebreas: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS. Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.” (Lucas 23:35-39).

Las preguntas de los hombres crueles son válidas. ¿Por qué Jesús no salvó a si mismo?

La respuesta es la misma: Jesús no hice nada, todavía no porque no podía, pero porque era manso. Al contrario de lo que uno puede ser llevado a pensar, la mansedumbre de Cristo no tiene que ver con sometimiento. Jesús no estaba, ni nunca estuvo, sumiso a los hombre. Entonces, ¿en que consistía la mansedumbre de Cristo?

La mansedumbre del hijo de Dios

La mansedumbre de Cristo no era nada más sino estar preparado para sufrir en nombre de Dios. Por esto no hice nada contra los que le persiguieron y le maltrataron. Jesús no dejó de luchar contra los hombres porque no tenía condiciones, ni porque sufría poco. Por lo contrario, el sufrimiento de Jesús es el mayor sufrimiento descrito en toda Biblia. Lo que pasó fue que Jesús no resistió a los verdugos porque Él estaba preparado para sufrir. Esta era su mansedumbre.

Estar preparado para sufrir no es algo fácil. Sin embargo, es lo que hay de más difícil. Y también es la mayor lección dejada por el hijo de Dios. No importa cuanto dolor sentimos, tenemos que hacer siempre como hice Jesús, que dije: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lucas 23:46). Estar preparado para sufrir es confiar que nuestros espíritus serán recibidos por Dios. Es tener fe.

La bienaventuranza de la mansedumbre

Cuando Jesús predica en la montaña y dice “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.” (Mateo 5:5), Él nos enseña que siendo mansos, seremos reconocidos como hijos de Dios. Y para llegar a la mansedumbre, tenemos que estar preparados para sufrir en nombre de Dios.

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Entonces, si alguno entre vosotros se encuentra en sufrimiento ahora mismo, recuerda que Dios está preparado para recibir nuestro espíritu. Recuerda, sobre todo, que no hay dolor que sea mayor que la gracia de Dios.

Escrito por: Luís de Vera Cruz Para El Evangelio de Hoy

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